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La piel del rostro es una de las zonas más sensibles que tenemos en el cuerpo. Está formada por tres capas: el tejido subcutáneo, la dermis y la epidermis. Las células se van descamando a medida que van avanzando en su ciclo vital, que dura aproximadamente 3 semanas, desde que nacen hasta que mueren. Ésta capa de células muertas de la epidermis, si es excesiva, da a nuestra piel un aspecto apagado y mate. La polución y los restos de maquillaje o cremas que nos apliquemos son otro de los elementos que ensucian nuestra piel.
Una sesión de limpieza de cutis te ayudará a oxigenar e hidratar mejor la piel. Además, las maniobras que se realizan para los masajes y exfoliaciones pueden prevenir el descolgamiento del contorno del óvalo facial y ayudan a hacer más efectivo cualquier tipo de tratamiento que se haga posteriormente. En definitiva, una higiene facial es fundamental para lograr que ésta se vea bonita y luminosa.
La frecuencia recomendada de las limpiezas dependerá, sobre todo, de la calidad de la piel del paciente, según sea piel grasa o piel seca. De todas formas, será el técnico especialista en cosmetología quien determine la periodicidad necesaria para las higienes en función de la respuesta de la piel al tratamiento.
En el caso de las pieles grasas es necesario una limpieza más profunda, por su exceso de secreción y la frecuencia de poros dilatados que son más propensos a captar la suciedad ambiental, por ello, se recomienda una higiene facial mensual además de un tratamiento complementario para equilibrar la piel, reduciendo los niveles grasa y evitando el ensanchamiento de los poros.
En cuanto a las pieles secas, se deshidratan fácilmente debido a que carecen de agua y grasa suficiente. Es importante recordar que, aunque sean más fáciles de mantener, son más sensibles y es importante mantenerlas cuidadas. Una higiene facial bimensual es muy recomendable para ayudar a aumentar la eficacia de los tratamientos de hidratación.
La limpieza de la piel del rostro por la mañana, al levantarnos, elimina de nuestra piel las impurezas y toxinas liberadas durante el sueño además del exceso de grasa que se acumula al dormir. Debemos usar productos adecuados para nuestra piel y que respeten la barrera cutánea.
En función del tipo de piel utilizaremos un tónico previo a la crema de cabecera, más adecuado en pieles grasas para reducir la barrera lipídica (sebo cutáneo) y permitir al principio activo de la crema acceder a la piel directamente.
La crema diaria debe ser totalmente adecuada a nuestras necesidades y pautada por un especialista. Por último, utilizaremos un factor de protección solar antes de salir al exterior.
Desmaquillarse también es una operación de higiene que hay que realizar al menos una vez al día, antes de acostarse. Nos permitirá mostrar un rostro menos cansado y con más brillo, sin irritar la piel y manteniéndola protegida.
Después debemos volver a limpiar nuestra piel, incluso aquellas personas que no usan maquillaje. La descamación de la piel, la secreción sebácea, la polución y las bacterias que se acumulan durante el día ensucian nuestros poros y pueden incluso llegar a provocar brotes de acné o a agredir la piel.
Después será el momento de aplicar un contorno de ojos para aquellos que necesiten cuidar o reparar esta área del rostro, siempre utilizando productos hipoalergénicos y no irritantes para no dañar esta piel tan sensible.
Habrá personas que, en función de su piel, no necesiten ningún cuidado más de su rostro y, simplemente, sea suficiente con dormir con la piel limpia para que respire o descanse. Las que vayan a utilizar una crema de noche, deben asegurarse que sea la adecuada para sus características. Lo habitual es que éste sea el momento de utilizar los ácidos más potentes y más efectivos por su efecto antiaging.