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El riesgo de cáncer que implica el tabaco es conocido por la mayoría de fumadores, pero tal vez no todos ellos son conscientes del daño en el aparato cardiovascular, en el aparato respiratorio y en la piel que comporta el hecho de fumar. Un sólo cigarrillo y el humo que desprende contienen más de 4.500 sustancias químicas, de entre las cuales más de 250 son cancerígenas.

Allí donde antes se nota el abandono del tabaco es en la piel. Fumar contribuye al envejecimiento prematuro dérmico por la gran cantidad de radicales libres que contiene el tabaco. Estos, además de reducir la capacidad antioxidante de la sangre, centran su acción nociva especialmente sobre las células de la piel. Con la deshabituación tabáquica es el primer órgano que muestra los signos de recuperación tras eliminar el tabaco del cuerpo. La piel se desintoxica sola y al cabo de poco tiempo recupera su esplendor.

El tabaco es uno de los factores que más contribuye al envejecimiento cutáneo, siendo el principal responsable del envejecimiento prematuro de los fumadores. El tabaco, junto a otros condicionantes como la exposición solar, la alimentación o el estrés físico y mental, determinan el estado cutáneo de las personas. Fumar disminuye la circulación sanguínea de los tejidos provocando alteraciones en la elasticidad de la piel, de manera que se ve disminuida. Como consecuencia de este desgaste de la piel se harán más visibles los músculos faciales y sus defectos y depresiones. También aparecerán las marcas de expresión especialmente alrededor de la boca, es el conocido código de barras que provoca una importante sensación de vejez. Por último destacar que altera las funciones que revierten los efectos secundarios causados por la exposición solar dejando paso libre a la aparición de manchas e hiperpigmentaciones.

La mayoría de personas que fuman refieren que les gustaría dejar de fumar. Sin embargo, sólo lo consiguen con éxito un porcentaje muy bajo de los que lo intentan. Esto malos resultados se deben al hecho de que la mayoría de fumadores intentos intentan dejar de fumar sin ayuda basándose en su fuerza de voluntad. Los mejores resultados se han conseguido ante una intervención desde diferentes ámbitos: psicológico a través de la terapia conductual y médico mediante farmacología. Estas intervenciones deben ser siempre personalizadas a las condiciones físicas, psíquicas, laborales y sociales del fumador. Es la conocida como intervención especializada y debe ser realizada por un profesional formado en deshabituación tabáquica.